Ante el reciente fallecimiento de Gregorio Klimovsky, proponemos la lectura de la nota de Nora Bär acerca de este psicoanalista argentino multifacético que hará perdurar en su obra escrita la esencia de su devenir humano.
Consultar el artículo en http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1120281&high=klimovsky
domingo
lunes
EL MURO
Otro artículo de Página/12 que no tiene desperdicio. Es interesante el juego que hace el autor (Doctor en Filosofía) acerca de la función del muro y de la constante aparición en lo real de lo no-simbolizado o también de la simbolización de lo acallado.
Esperamos que despierte sus ganas de escribir alguna reflexión personal al respecto que podríamos re-visitar a fin de año para observar las marcas que vamos dejando en el sendero de nuestra formación.
Para consultar el artículo: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-123114-2009-04-13.html
Esperamos que despierte sus ganas de escribir alguna reflexión personal al respecto que podríamos re-visitar a fin de año para observar las marcas que vamos dejando en el sendero de nuestra formación.
Para consultar el artículo: http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-123114-2009-04-13.html
AUMENTO DE LA MORTALIDAD INFANTIL
Artículo del diario Página/12, con estadísticas comparadas del 2006/2007 y una visión crítica acerca de los números que presenta.
Disponible en http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-123017-2009-04-11.html.
Los invitamos a leerlo y comentar.
Disponible en http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-123017-2009-04-11.html.
Los invitamos a leerlo y comentar.
domingo
La institución de la violencia

FRANCO BASAGLIA
Del libro La institución negada, Informe de un hospital psiquiátrico. Franco Basaglia (Barral Editores, 1972)
En 1925, algunos artistas y escritores franceses que firmaban en nombre de la "revolución surrealista", dirigieron a los directores de hospitales psiquiátricos un manifiesto que terminaba con estas palabras: "Mañana, a la hora de la visita, cuando ustedes intenten sin la ayuda de léxico alguno comunicarse con estos hombres, podrán ustedes recordar y reconocer que sólo tienen sobre ellos una superioridad: la fuerza".
Cuarenta años más tarde –sometidos como estamos, en la mayoría de los países europeos, a una antigua ley, aún dubitativa, entre la asistencia y la seguridad, la piedad y el miedo-, la situación no es diferente: limitaciones, burocracia y autoritarismo regulan la vida de los internados para los cuales ya había reclamado Pinel en su momento el derecho a la libertad… El psiquiatra parece que aún no ha descubierto que el primer paso hacia la curación del enfermo es el retorno a la libertad, de la cual él mismo le ha privado hasta hoy. En la compleja organización del espacio cerrado, donde el enfermo mental se ha visto reducido durante siglos, las necesidades del régimen, del sistema, sólo han exigido del médico un papel de vigilante, de tutor interior, de moderador de los excesos a los cuales podía abocar la enfermedad: el sistema tenía más validez que el objeto de sus cuidados. Pero hoy el psiquiatra se da cuenta de que los primeros pasos hacia la "apertura" del manicomio producen en el enfermo un cambio gradual de su manera de situarse en relación con la enfermedad y el mundo; de su forma de ver las cosas, restringida y disminuida no sólo por la condición mórbida, sino por un prolongado internamiento. Desde que franquea el muro del internado, el enfermo penetra en una dimensión de la vida emocional…, se le introduce, en resumen, en un espacio concebido desde sus mismos orígenes para hacerle inofensivo y cuidarle, pero que se revela, en la práctica y de forma paradójica, como un lugar construido para aniquilar la individualidad: el lugar de su objetivación total…
Sin embargo, en el curso de estas primeras etapas hacia la transformación del manicomio en un hospital de curación, el enfermo no se presenta ya como un hombre resignado y sometido a nuestra voluntad, intimidado por la fuerza y por la autoridad de sus vigilantes… Se presenta como un enfermo, transformado en objeto por la enfermedad, pero que ya no acepta ser objetivado por la mirada del médico que le mantiene a distancia. La agresividad –que, como expresión de la enfermedad, pero sobre todo de la institucionalización, rompía de vez en cuando el estado de apatía y de desinterés-, cede el paso, en numerosos pacientes, a una nueva agresividad, surgida, más allá de sus particulares delirios, del sentimiento oscuro de una "injusticia": la de no ser considerados como hombres desde el momento en que están en "el manicomio".
Es entonces cuando el hospitalizado, con una agresividad que trasciende la misma enfermedad, descubre su derecho a vivir una vida humana…
Para que el asilo de alienados, después de la destrucción progresiva de sus estructuras alienantes, no se convierta en un irrisorio asilo de domésticos agradecidos, el único punto en el cual al parecer puede apoyarse, es precisamente la agresividad individual. Esta agresividad –que nosotros, los psiquiatras, buscamos para fundar en ella una relación auténtica con el paciente- permitirá instaurar una tensión recíproca, que actualmente puede servir para romper los lazos de autoridad y de paternalismo que han representado, hasta ahora, una causa de institucionalización… (agosto 1964)
… Por lo que a nosotros concierne, nos encontramos ante una situación extremadamente institucionalizada en todos los sectores: enfermos, enfermedades, médicos… Hemos intentado provocar una situación de ruptura, de forma que haga salir los tres polos de la vida hospitalaria de sus roles cristalizados, sometiéndolos a un juego de tensiones y de contratensiones en el cual todos se encontrarán implicados y serán responsables. Esto significa correr un "riesgo", única forma de poner en un plano de igualdad a enfermos y médicos, enfermos y staff, unidos en la misma causa, tendiendo hacia un fin común. Esta tensión debía servir de base a la nueva estructura: si ésta era relajada, todo caería de nuevo en la situación institucionalizada anterior… La nueva situación interna debía, pues, desarrollarse a partir de la base, y no de la cúspide, en el sentido de que, lejos de presentarse como un esquema al cual la vida comunitaria debía corresponder, esta misma vida estaba llamada a engendrar un orden respondiendo a sus exigencias y a sus necesidades; en vez de fundarse sobre una regla impuesta desde arriba, la organización se convertía, por sí misma, en un acto terapéutico…
No obstante, si la enfermedad está igualmente unida, como sucede en la mayoría de los casos, a factores sociales a nivel de resistencia al impacto de una sociedad que desconoce al hombre y sus exigencias, la solución de un problema tan grave sólo puede hallarse en una posición socioeconómica que permita, además, la reintegración progresiva de aquellos que han sucumbido bajo el esfuerzo, que no han podido jugar el juego. Cualquier intento de abordar el problema sólo servirá para demostrar que esta empresa es posible, pero queda inevitablemente aislada –y, por lo tanto, ausente de la menor significación social-, mientras no vaya unida a un movimiento estructural de base que tenga en cuenta las realidades que encuentra el enfermo mental a su salida del hospital: el trabajo que no encuentra, el medio que le rechaza, las circunstancias que, en vez de ayudarle a reintegrarse, le empujan poco a poco hacia los muros del hospital psiquiátrico. Considerar una reforma de la ley psiquiátrica actual significa no sólo enfrentarse con otros sistemas y otras reglas sobre las cuales fundar la nueva organización, sino, sobre todo, atacar los problemas de orden social que van unidos a ella… (marzo 1965)
Cualquier sociedad cuyas estructuras se basan únicamente en diferencias de cultura y de clase, así como también en sistemas competitivos, crea en sí misma áreas de compensación para sus propias contradicciones, en las cuales puede concretar la necesidad de negar o de fijar objetivamente una parte de su subjetividad…
El racismo, bajo todas sus formas, es únicamente la expresión de esta necesidad de áreas compensadoras. Y opera de este modo ante la existencia de los asilos de alienados –símbolo de lo que se podrían denominar "reservas psiquiátricas", comparables al "apartheid" del negro o al ghetto-, con la expresa voluntad de excluir todo aquello de lo cual duda porque es desconocido e inaccesible. Una voluntad justificada, y científicamente confirmada, por una psiquiatría que ha considerado el objeto de su estudio como incomprensible, y por lo tanto, fácilmente relegable en la cohorte de los excluidos…
El enfermo mental es un excluido que, en una sociedad como la actual, nunca podrá oponerse a lo que le excluye, puesto que cada uno de sus actos se encuentra constantemente circunscrito y definido por la enfermedad. La psiquiatría es, pues, la única manera –en su doble papel médico y social-, de informar al enfermo de la naturaleza de su enfermedad, y de lo que le ha hecho la sociedad al excluirle: sólo tomando conciencia de haber sido excluido y rechazado podrá, el enfermo mental, rehabilitarse del estado de institucionalización en que se le ha sumido…
Porque es aquí, detrás de los muros del asilo de alienados, que la psiquiatría clásica ha demostrado su fracaso: en efecto, en presencia del problema del enfermo mental, ha tendido hacia una solución negativa, separándole de su contexto social y por lo tanto de su humanidad… Colocado a viva fuerza en un lugar donde las modificaciones, las humillaciones y la arbitrariedad son la regla, el hombre –sea cual fuere su estado mental-, se objetiviza poco a poco, identificándose con las leyes del internamiento. Su caparazón de apatía, de indiferencia y de insensibilidad, sólo sería en suma un acto desesperado de defensa contra un mundo que le excluye y después le aniquila: el último recurso personal de que dispone el enfermo para oponerse a la experiencia insoportable de vivir conscientemente una existencia de excluido. (diciembre de 1966)
Si, originalmente, el enfermo sufre la pérdida de su identidad, la institución y los parámetros psiquiátricos le han confeccionado otra, a partir del tipo de relación objetivante que han establecido con él y los estereotipos culturales de los cuales le han rodeado. Así, pues, se puede decir que el enfermo mental, colocado en una institución cuya finalidad terapéutica resulta ambigua por su obstinación en no querer ver más que un cuerpo enfermo, se ve abocado a hacer de esta institución su propio cuerpo, asimilando la imagen de sí mismo, que ésta le impone…El enfermo, que ya sufre una pérdida de libertad que puede considerarse como característica de la enfermedad, se ve obligado a adherirse a este nuevo cuerpo, negando cualquier idea, cualquier acto, cualquier aspiración autónoma que pudieran permitirle sentirse siempre vivo, siempre él mismo. Se convierte en un cuerpo vivido en la institución y por ella, hasta el punto de ser asimilado por la misma, como parte de sus propias estructuras físicas.
"Antes de partir, las cerraduras y los enfermos fueron controlados", puede leerse en las notas redactadas por un turno de enfermeros del equipo siguiente, para garantizar el perfecto funcionamiento del servicio. Llaves, cerraduras, barrotes, enfermos, todo forma parte, sin distinción del material del hospital, del cual son responsables los médicos y los enfermeros… El enfermo es ya únicamente un cuerpo institucionalizado, que se vive como un objeto y que, a veces, intenta –cuando aún no está completamente domado-, reconquistar mediante acting-out, aparentemente incomprensibles, los caracteres de un cuerpo personal, de un cuerpo vivido, rehusando identificarse con la institución.
"No existe cura individual”
Los autores observan que el debate sobre psicoanálisis y marxismo tiene ya una historia en la Argentina y en ella destacan las formulaciones, que habrían sido “ninguneadas”, del pensador León Rozitchner
Se publicaron en esta sección tres textos que reabrieron la polémica sobre el psicoanálisis y el marxismo. Sin embargo, ni en los de Sergio Rodríguez ni en el de Juan Bautista Ritvo se mencionó a los autores que ya intentaron realizar esta articulación. Solamente se nombró a Freud, Marx y Lacan. Se parte de una simplificación al homologar el “fracaso” de la Unión Soviética con las “indudables debilidades teóricas del marxismo”. El punto de partida es descalificar al marxismo como herramienta para pensar los efectos en el sujeto de la estructura capitalista y su resultado es transformar al psicoanálisis en una cosmovisión. Es cierto que tanto el psicoanálisis como el marxismo se enfrentan a nuevos desafíos en esta época del capitalismo mundializado. Por ello se hace necesario tener en cuenta su historia de encuentros y desencuentros.
El poder de la cultura dominante ha descalificado sistemáticamente todo intento de pensar el psicoanálisis y el marxismo bajo el mote de “freudomarxismo” o el de “psicobolche”. Descalificaciones que intentan suprimir toda posibilidad de pensar la construcción de nuestra subjetividad en el interior de la cultura dominante y los aportes que el psicoanálisis puede hacer en la lucha social y política.
Los intentos de articulación entre Freud y Marx en la Argentina tienen antecedentes en Jorge Thénon, Gregorio Bermann y Béla Székely, y un punto de inflexión fue Psicoanálisis y dialéctica materialista, de José Bleger, quien abandonó el Partido Comunista luego de los planteos y acusaciones de los psiquiatras reflexólogos comunistas. Si bien muchos de quienes formaron los grupos Plataforma y Documento intentaron articulaciones, creemos que la obra de León Rozitchner es fundamental y nos permite seguir pensando la inscripción del poder en nuestra subjetividad.
A fines de los años ’60, Rozitchner era docente en grupos de estudio de psicoanalistas –varios de los cuales después abandonaron la APA–. Su lectura de Freud lo llevó a escribir uno de los libros fundamentales de la década del 70, cuya importancia permanece: Freud y los límites del individualismo burgués. Sus conceptos permiten comprender el “sometimiento subjetivo” que ejerce el poder sobre el sujeto. Su tesis es que “cada sujeto es también núcleo de verdad histórica”. En la introducción planteaba su polémica con las posiciones estructuralistas, que pretendían eliminar al sujeto en el “poder anónimo de la estructura”, afirmando que el “retorno sobre el sujeto se hace ahora más necesario que nunca: estructuralismo mediante, terminamos por no hablar sino por ser hablados. Nos disolvemos en lo impersonal que se piensa en nosotros como lugar anónimo de la significación y, por lo tanto, sin responsabilidad”.
La afirmación de que “la subjetividad es también una institución” lo llevó a plantear que “las enseñanzas de Freud son tan importantes para el marxismo y la política: porque convergen ratificando, en el análisis del sujeto extendido hasta mostrar las determinaciones del sistema en su más profunda subjetividad, las verdades que Marx analizó en las estructuras ‘objetivas’ del sistema de producción”.
Rozitchner pensaba que su trabajo podía contribuir a los debates dentro de la izquierda intentando iluminar un punto ciego del marxismo político: el problema de la subjetividad, planteado por Freud. Su intento era “deshacer las trampas que la burguesía incluyó en nosotros como su eficacia más profunda”.
La primera parte del libro, llamada “La distancia interior”, trabaja sobre las Nuevas aportaciones al psicoanálisis, de Freud, retomando el planteo freudiano de cómo lo más lejano al sujeto está dentro de sí: los sueños y los síntomas. Para Freud había dos dominios extranjeros: uno interno –los propios impulsos negados– y otro externo –la realidad y su historia–: “Esto es lo fundamental que tanto Freud como Marx ponen de relieve: la estructura dialéctica en el interior de la propia subjetividad como una distancia histórica abierta por la cultura en el seno del propio sujeto”.
En la segunda parte del libro, “La distancia exterior”, Rozitchner trabaja primero sobre El malestar en la cultura, de Freud. Plantea que el capitalismo produce la negación de la propia agresión, que se volvía contra uno mismo, en beneficio del sistema. Para ello, “contamos con la lectura específica que Marx realizó de la sociedad capitalista. Sus conclusiones son, creemos, convergentes con las que Freud plantea y, diríamos, complementarias. Marx vio que la función de la ciencia social era organizar la “agresión” de la clase dominada y que la violencia es necesaria para suprimir la muerte que históricamente le es dada en la negación de su propia vida, y que la vida social implica la muerte social”. Pero esto tenía un obstáculo en el sujeto, ya que “la agresividad, que el instinto de vida tendría que orientar hacia el obstáculo que se opone en el mundo a la satisfacción, es vuelto aquí también a lo subjetivo, convertido en masoquismo, contra el mismo sujeto... Por eludir la muerte que debemos enfrentar afuera, nos la damos a nosotros mismos”.
Ese argumento le permitió entender el método de dominación social más potente, que llevamos adentro: el sentimiento de culpa. Rozitchner analizó su génesis y su funcionalidad, tanto como la imposibilidad de resolver esta cuestión dentro de los límites del individualismo de un análisis personal. Por el contrario, la cura es social. Para Rozitchner, la “cura” individual es necesaria pero insuficiente, ya que solamente trata el superyó individual y no el superyó colectivo. La “cura” colectiva es la rebelión frente a él. Por ello, “el análisis del individuo, la ‘cura’ individual, abre necesariamente a la ‘cura’ colectiva, si pretende ser coherente como ciencia y terapia: abre a la revolución”.
Luego, en el mismo libro, trabaja Psicología de las masas y análisis del yo. Las ideas de Rozitchner se apoyan en lo que Freud señala en el comienzo de esta obra: la imposibilidad de pensar al hombre aislado, ya que, desde el principio, la psicología individual es social: “Se destruye así una de las separaciones más tenaces de la ciencia y el individualismo burgués, sobre el que reposa, por otra parte, la oposición entre individuo y sociedad, entre lo subjetivo y lo objetivo y, por lo tanto, la oposición entre naturaleza y cultura”. Esta era la idea que explica el título del libro de Rozitchner.
Esto lleva a la revisión del concepto de masa, desarticulando la idea de la disolución de la individualidad en la masa. Para Rozitchner, es la “persona burguesa” la que se afecta en la masa, y no la subjetividad. Por el contrario, rescata al Freud que señala la preeminencia creadora de la actividad colectiva de la masa respecto de sus miembros individuales. Rozitchner clasificó a las masas en institucionalizadas, espontáneas y revolucionarias. Desde la visión burguesa, sólo las institucionalizadas (que Freud llama artificiales, como la Iglesia y el Ejército) eran las “buenas”, ya que reproducían el sistema social. En cambio, las espontáneas y revolucionarias eran malignizadas porque cuestionaban el sistema social.
Por otro lado, Rozitchner rescató el concepto de libido corporal y social, y afirmó que “el redescubrimiento en Freud del propio cuerpo como determinado libidinalmente por los otros es paralelo al descubrimiento de Marx, del hombre ligado necesariamente con la naturaleza como cuerpo común, como el ‘cuerpo objetivo de su subjetividad’ que le fue escamoteado. En ambos, la recuperación del cambio de objetivación y producción material se convierte en el índice de lectura de la racionalidad que tiene forma ‘orgánica’, es decir forma ‘hombre’”.
La subjetividad es corporal, y allí se instala el poder dominante.
A pesar de que el libro replantea a Freud para el marxismo y la política, fue subutilizado por freudianos y marxistas. En 1972, en la mayor parte de la izquierda estaba en auge el estructuralismo althusseriano. El planteo de Rozitchner abría certeras preguntas sobre la subjetividad, pero, a diferencia de la mayoría de las propuestas de la época, dejaba que el lector intentara sus propias respuestas.
Sus ideas continuaron en sus dos siguientes libros, escritos en el exilio: Perón: entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política (1979) y Freud y el problema del poder (1982). Todos estos libros constituyen la obra más importante que se haya escrito en nuestro país sobre la subjetividad y el poder, con una perspectiva que conjuga de una forma original el marxismo y el psicoanálisis.
Sin embargo, estas teorizaciones suelen ser descalificadas o directamente ninguneadas. Bien sabemos, como psicoanalistas, que sin una elaboración de la propia historia es imposible un futuro. Y la posibilidad de un futuro tiene sus raíces en el pasado que nos determina. Ningún intento de articulación entre psicoanálisis y marxismo puede ignorar estas teorizaciones, esta historia.
* Psicoanalistas. Autores de Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y salud mental de la Argentina de los ’60 y ’70
Se publicaron en esta sección tres textos que reabrieron la polémica sobre el psicoanálisis y el marxismo. Sin embargo, ni en los de Sergio Rodríguez ni en el de Juan Bautista Ritvo se mencionó a los autores que ya intentaron realizar esta articulación. Solamente se nombró a Freud, Marx y Lacan. Se parte de una simplificación al homologar el “fracaso” de la Unión Soviética con las “indudables debilidades teóricas del marxismo”. El punto de partida es descalificar al marxismo como herramienta para pensar los efectos en el sujeto de la estructura capitalista y su resultado es transformar al psicoanálisis en una cosmovisión. Es cierto que tanto el psicoanálisis como el marxismo se enfrentan a nuevos desafíos en esta época del capitalismo mundializado. Por ello se hace necesario tener en cuenta su historia de encuentros y desencuentros.
El poder de la cultura dominante ha descalificado sistemáticamente todo intento de pensar el psicoanálisis y el marxismo bajo el mote de “freudomarxismo” o el de “psicobolche”. Descalificaciones que intentan suprimir toda posibilidad de pensar la construcción de nuestra subjetividad en el interior de la cultura dominante y los aportes que el psicoanálisis puede hacer en la lucha social y política.
Los intentos de articulación entre Freud y Marx en la Argentina tienen antecedentes en Jorge Thénon, Gregorio Bermann y Béla Székely, y un punto de inflexión fue Psicoanálisis y dialéctica materialista, de José Bleger, quien abandonó el Partido Comunista luego de los planteos y acusaciones de los psiquiatras reflexólogos comunistas. Si bien muchos de quienes formaron los grupos Plataforma y Documento intentaron articulaciones, creemos que la obra de León Rozitchner es fundamental y nos permite seguir pensando la inscripción del poder en nuestra subjetividad.
A fines de los años ’60, Rozitchner era docente en grupos de estudio de psicoanalistas –varios de los cuales después abandonaron la APA–. Su lectura de Freud lo llevó a escribir uno de los libros fundamentales de la década del 70, cuya importancia permanece: Freud y los límites del individualismo burgués. Sus conceptos permiten comprender el “sometimiento subjetivo” que ejerce el poder sobre el sujeto. Su tesis es que “cada sujeto es también núcleo de verdad histórica”. En la introducción planteaba su polémica con las posiciones estructuralistas, que pretendían eliminar al sujeto en el “poder anónimo de la estructura”, afirmando que el “retorno sobre el sujeto se hace ahora más necesario que nunca: estructuralismo mediante, terminamos por no hablar sino por ser hablados. Nos disolvemos en lo impersonal que se piensa en nosotros como lugar anónimo de la significación y, por lo tanto, sin responsabilidad”.
La afirmación de que “la subjetividad es también una institución” lo llevó a plantear que “las enseñanzas de Freud son tan importantes para el marxismo y la política: porque convergen ratificando, en el análisis del sujeto extendido hasta mostrar las determinaciones del sistema en su más profunda subjetividad, las verdades que Marx analizó en las estructuras ‘objetivas’ del sistema de producción”.
Rozitchner pensaba que su trabajo podía contribuir a los debates dentro de la izquierda intentando iluminar un punto ciego del marxismo político: el problema de la subjetividad, planteado por Freud. Su intento era “deshacer las trampas que la burguesía incluyó en nosotros como su eficacia más profunda”.
La primera parte del libro, llamada “La distancia interior”, trabaja sobre las Nuevas aportaciones al psicoanálisis, de Freud, retomando el planteo freudiano de cómo lo más lejano al sujeto está dentro de sí: los sueños y los síntomas. Para Freud había dos dominios extranjeros: uno interno –los propios impulsos negados– y otro externo –la realidad y su historia–: “Esto es lo fundamental que tanto Freud como Marx ponen de relieve: la estructura dialéctica en el interior de la propia subjetividad como una distancia histórica abierta por la cultura en el seno del propio sujeto”.
En la segunda parte del libro, “La distancia exterior”, Rozitchner trabaja primero sobre El malestar en la cultura, de Freud. Plantea que el capitalismo produce la negación de la propia agresión, que se volvía contra uno mismo, en beneficio del sistema. Para ello, “contamos con la lectura específica que Marx realizó de la sociedad capitalista. Sus conclusiones son, creemos, convergentes con las que Freud plantea y, diríamos, complementarias. Marx vio que la función de la ciencia social era organizar la “agresión” de la clase dominada y que la violencia es necesaria para suprimir la muerte que históricamente le es dada en la negación de su propia vida, y que la vida social implica la muerte social”. Pero esto tenía un obstáculo en el sujeto, ya que “la agresividad, que el instinto de vida tendría que orientar hacia el obstáculo que se opone en el mundo a la satisfacción, es vuelto aquí también a lo subjetivo, convertido en masoquismo, contra el mismo sujeto... Por eludir la muerte que debemos enfrentar afuera, nos la damos a nosotros mismos”.
Ese argumento le permitió entender el método de dominación social más potente, que llevamos adentro: el sentimiento de culpa. Rozitchner analizó su génesis y su funcionalidad, tanto como la imposibilidad de resolver esta cuestión dentro de los límites del individualismo de un análisis personal. Por el contrario, la cura es social. Para Rozitchner, la “cura” individual es necesaria pero insuficiente, ya que solamente trata el superyó individual y no el superyó colectivo. La “cura” colectiva es la rebelión frente a él. Por ello, “el análisis del individuo, la ‘cura’ individual, abre necesariamente a la ‘cura’ colectiva, si pretende ser coherente como ciencia y terapia: abre a la revolución”.
Luego, en el mismo libro, trabaja Psicología de las masas y análisis del yo. Las ideas de Rozitchner se apoyan en lo que Freud señala en el comienzo de esta obra: la imposibilidad de pensar al hombre aislado, ya que, desde el principio, la psicología individual es social: “Se destruye así una de las separaciones más tenaces de la ciencia y el individualismo burgués, sobre el que reposa, por otra parte, la oposición entre individuo y sociedad, entre lo subjetivo y lo objetivo y, por lo tanto, la oposición entre naturaleza y cultura”. Esta era la idea que explica el título del libro de Rozitchner.
Esto lleva a la revisión del concepto de masa, desarticulando la idea de la disolución de la individualidad en la masa. Para Rozitchner, es la “persona burguesa” la que se afecta en la masa, y no la subjetividad. Por el contrario, rescata al Freud que señala la preeminencia creadora de la actividad colectiva de la masa respecto de sus miembros individuales. Rozitchner clasificó a las masas en institucionalizadas, espontáneas y revolucionarias. Desde la visión burguesa, sólo las institucionalizadas (que Freud llama artificiales, como la Iglesia y el Ejército) eran las “buenas”, ya que reproducían el sistema social. En cambio, las espontáneas y revolucionarias eran malignizadas porque cuestionaban el sistema social.
Por otro lado, Rozitchner rescató el concepto de libido corporal y social, y afirmó que “el redescubrimiento en Freud del propio cuerpo como determinado libidinalmente por los otros es paralelo al descubrimiento de Marx, del hombre ligado necesariamente con la naturaleza como cuerpo común, como el ‘cuerpo objetivo de su subjetividad’ que le fue escamoteado. En ambos, la recuperación del cambio de objetivación y producción material se convierte en el índice de lectura de la racionalidad que tiene forma ‘orgánica’, es decir forma ‘hombre’”.
La subjetividad es corporal, y allí se instala el poder dominante.
A pesar de que el libro replantea a Freud para el marxismo y la política, fue subutilizado por freudianos y marxistas. En 1972, en la mayor parte de la izquierda estaba en auge el estructuralismo althusseriano. El planteo de Rozitchner abría certeras preguntas sobre la subjetividad, pero, a diferencia de la mayoría de las propuestas de la época, dejaba que el lector intentara sus propias respuestas.
Sus ideas continuaron en sus dos siguientes libros, escritos en el exilio: Perón: entre la sangre y el tiempo. Lo inconsciente y la política (1979) y Freud y el problema del poder (1982). Todos estos libros constituyen la obra más importante que se haya escrito en nuestro país sobre la subjetividad y el poder, con una perspectiva que conjuga de una forma original el marxismo y el psicoanálisis.
Sin embargo, estas teorizaciones suelen ser descalificadas o directamente ninguneadas. Bien sabemos, como psicoanalistas, que sin una elaboración de la propia historia es imposible un futuro. Y la posibilidad de un futuro tiene sus raíces en el pasado que nos determina. Ningún intento de articulación entre psicoanálisis y marxismo puede ignorar estas teorizaciones, esta historia.
* Psicoanalistas. Autores de Las huellas de la memoria. Psicoanálisis y salud mental de la Argentina de los ’60 y ’70
martes
Documentales
Derecho al Delirio, por Eduardo Galeano
VIDAS ARRASADAS
¿Puede la psiquiatría (y la salud mental) remediar su propio olvido? Parte 1
Puede la psiquiatría (y la salud mental) remediar su propio olvido? Parte 2
ZEITGEIST
Zeitgeist es un documental sin ánimo de lucro del año 2007 producido por Peter Joseph con difusión por Internet (mediante Google Video). Aunque fue grabado originalmente en inglés, es posible encontrarlo con subtítulos en español. Es un documental a manera de intrahistoria: intenta partir de un análisis racionalista e histórico de la estrategia y cálculo político, de varias creencias religiosas e instituciones políticas y económicas, en especial el cristianismo, los ataques del 11de septiembre, la guerra contra el terrorismo, la Reserva Federal y el sistema financiero internacional. El propio título, Zeitgeist, quiere decir "espíritu guardián del siglo", es decir, la experiencia del clima cultural dominante.
Plantea la existencia de mecanismos de dominación absoluta dentro de las instituciones de control social convencionales; más que centrarse en si las intenciones son ocultas o manifiestas, explora los métodos de convencimiento individual y asentimiento social de la sociedad civil ante sus dominadores. El documental posee un trasfondo cuasi-anarquista, expresado sobre todo en las conclusiones finales de una manera tácita, haciendo un alegato contra las estructuras de poder de toda índole por su carácter nocivo para el desarrollo humano. Desde su publicación gratuita en Google Video en primavera de 2007, la película ha sido vista más de 5 millones de veces.
Los eventos fueron simplificados para las masas, con la intención de generar conciencia general y discusión en cuanto a un tema que bajo la deitificación se considera tabú discutir.
El documental está estructurado en tres partes. La primera es una exposición del cristianismo como un mito, un híbrido astrológico-literario. Este mito constituye el terreno abonado sobre el que pueden funcionar nuevos mitos en los que las masas crean ciegamente y así ser manejados con mayor facilidad. La segunda parte expone el funcionamiento de la propaganda y adoctrinación mediática, logrando que los propios ciudadanos acepten ser más controlados por sus gobiernos. La tercera sección habla sobre la geopolítica y economía global enfocándose en el monopolio del dinero (junto a la especulación financiera) y el gasto militar.
Primera parte: La historia más grande jamás contada
En la primera parte del documental se describen las similitudes que existen entre religiones antiguas y el cristianismo.
Por medio de una serie de acontecimientos y fechas se relacionan las narraciones religiosas más conocidas con la descripción astrológica que los egipcios relatan sobre el dios Horus en forma de historia mitológica.
Se hace hincapié en que ciertos atributos de mitos anteriores fueron copiados y atribuidos por los primeros cristianos al Jesús histórico. Como conclusión de la primera parte, el documental sugiere que Jesús de Nazareth jamás existió.
Segunda parte: Todo el mundo es un escenario
En este capítulo se intenta demostrar que los ataques del 11S en Nueva York y los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres fueron en realidad perpetrados por algún grupo de poder de EE. UU.
Esta operación de bandera falsa estaría encaminada a conseguir el beneplácito de la sociedad estadounidense para iniciar las reformas necesarias que permitirían el comienzo de una serie de invasiones de puntos estratégicos como son Afganistán, Iraq e Irán.
Tercera parte: No prestes atención a los hombres detrás de la cortina
En el último capítulo se detalla el nacimiento del Banco Central de E.E.U.U., la evolución del sistema monetario y por último los supuestos fines de los hombres detrás de la cortina, que irían desde la creación de la Unión Norteamericana e implantación de chips RFID en todas las personas del planeta, hasta la declaración de un gobierno global.
Es el capítulo donde a partir de la segunda mitad, específicamente en el tema sobre el futuro de la geopolítica, más se mezclan proyecciones sobre sucesos futuros sin el análisis histórico.
VIDAS ARRASADAS
¿Puede la psiquiatría (y la salud mental) remediar su propio olvido? Parte 1
Puede la psiquiatría (y la salud mental) remediar su propio olvido? Parte 2
ZEITGEIST
Zeitgeist es un documental sin ánimo de lucro del año 2007 producido por Peter Joseph con difusión por Internet (mediante Google Video). Aunque fue grabado originalmente en inglés, es posible encontrarlo con subtítulos en español. Es un documental a manera de intrahistoria: intenta partir de un análisis racionalista e histórico de la estrategia y cálculo político, de varias creencias religiosas e instituciones políticas y económicas, en especial el cristianismo, los ataques del 11de septiembre, la guerra contra el terrorismo, la Reserva Federal y el sistema financiero internacional. El propio título, Zeitgeist, quiere decir "espíritu guardián del siglo", es decir, la experiencia del clima cultural dominante.
Plantea la existencia de mecanismos de dominación absoluta dentro de las instituciones de control social convencionales; más que centrarse en si las intenciones son ocultas o manifiestas, explora los métodos de convencimiento individual y asentimiento social de la sociedad civil ante sus dominadores. El documental posee un trasfondo cuasi-anarquista, expresado sobre todo en las conclusiones finales de una manera tácita, haciendo un alegato contra las estructuras de poder de toda índole por su carácter nocivo para el desarrollo humano. Desde su publicación gratuita en Google Video en primavera de 2007, la película ha sido vista más de 5 millones de veces.
Los eventos fueron simplificados para las masas, con la intención de generar conciencia general y discusión en cuanto a un tema que bajo la deitificación se considera tabú discutir.
El documental está estructurado en tres partes. La primera es una exposición del cristianismo como un mito, un híbrido astrológico-literario. Este mito constituye el terreno abonado sobre el que pueden funcionar nuevos mitos en los que las masas crean ciegamente y así ser manejados con mayor facilidad. La segunda parte expone el funcionamiento de la propaganda y adoctrinación mediática, logrando que los propios ciudadanos acepten ser más controlados por sus gobiernos. La tercera sección habla sobre la geopolítica y economía global enfocándose en el monopolio del dinero (junto a la especulación financiera) y el gasto militar.
Primera parte: La historia más grande jamás contada
En la primera parte del documental se describen las similitudes que existen entre religiones antiguas y el cristianismo.
Por medio de una serie de acontecimientos y fechas se relacionan las narraciones religiosas más conocidas con la descripción astrológica que los egipcios relatan sobre el dios Horus en forma de historia mitológica.
Se hace hincapié en que ciertos atributos de mitos anteriores fueron copiados y atribuidos por los primeros cristianos al Jesús histórico. Como conclusión de la primera parte, el documental sugiere que Jesús de Nazareth jamás existió.
Segunda parte: Todo el mundo es un escenario
En este capítulo se intenta demostrar que los ataques del 11S en Nueva York y los atentados del 7 de julio de 2005 en Londres fueron en realidad perpetrados por algún grupo de poder de EE. UU.
Esta operación de bandera falsa estaría encaminada a conseguir el beneplácito de la sociedad estadounidense para iniciar las reformas necesarias que permitirían el comienzo de una serie de invasiones de puntos estratégicos como son Afganistán, Iraq e Irán.
Tercera parte: No prestes atención a los hombres detrás de la cortina
En el último capítulo se detalla el nacimiento del Banco Central de E.E.U.U., la evolución del sistema monetario y por último los supuestos fines de los hombres detrás de la cortina, que irían desde la creación de la Unión Norteamericana e implantación de chips RFID en todas las personas del planeta, hasta la declaración de un gobierno global.
Es el capítulo donde a partir de la segunda mitad, específicamente en el tema sobre el futuro de la geopolítica, más se mezclan proyecciones sobre sucesos futuros sin el análisis histórico.
Salud mental: recuperar el tiempo perdido
Los hospitales neuropsiquiátricos no pueden ni deben ser cárceles. Aunque resulte una verdad de perogrullo, en nuestro país, y por factores tales como el abandono familiar, los enfoques terapéuticos, las excesivas atribuciones del Poder Judicial para disponer internaciones o la estigmatización social que cargan sobre sí las personas con padecimientos mentales, por décadas esas instituciones se mantuvieron férreamente clausuradas, obturando el normal tránsito entre "el adentro" y "el afuera".
Esta marginación concreta, este encarcelamiento justificado por razones de salud, configura una de las más aberrantes formas de discriminación y violación sistemática de los derechos humanos. Nadie que sufra algún trastorno hepático, diabetes o reuma -por citar enfermedades al azar-, carga con la cruz denigrante de ser un enfermo mental.
Durante largas décadas, distintas corrientes del pensamiento médico vincularon las enfermedades mentales sólo con la biología o las cuestiones físicas. Pero luego comenzaron a tomar cuerpo con mucha mayor nitidez los llamados determinantes sociales y culturales de la salud, es decir, la forma en que el contexto influye decisivamente sobre el estado de salud de las personas.
Cada tiempo y cultura tiene su enfermedad mental prevalente. Ayer fueron las neurastenias y las histerias. Hoy nos encontramos con la depresión -que ya es una epidemia-, así como son cada vez más frecuentes los ataques de pánico.
Por eso, su solución no puede encontrarse sólo en el encierro manicomial o en el aislamiento químico de los medicamentos: hay que tratar a los pacientes junto con su familia, en la comunidad y con ella, entendiendo su matriz cultural y social, que en salud mental son el tipo de sociedad en que vivimos, la violencia, la agresión, la falta de armonía, de inserción o la exclusión social. Las patologías psiquiátricas tienen también su origen en la sociedad y allí parte esencial de su terapéutica. No podemos ni debemos permitir que se aleje de ella a las personas que las sufren, que se las excluya ni que se las ignore.
La Argentina tiene actualmente más de un millón de personas con trastornos psiquiátricos como psicosis, trastornos bipolares y depresiones graves, y su destino fatal, su único camino por recorrer, no puede seguir siendo alguna de las 25 mil camas hospitalarias psiquiátricas con que cuenta el país.
Para reparar esa iniquidad manifiesta, esa segregación injusta, desde el Ministerio de Salud de la Nación dispusimos -en silencio pero sostenidamente- una política nacional e integral de salud mental que, desde un nuevo paradigma terapéutico, tiene como eje estructurador el respeto por los derechos de los pacientes, facilitando su reinserción comunitaria.
De hecho, en virtud de los importantes avances registrados en la materia en los últimos cinco años, la Argentina acaba de ser sede de una reunión internacional de referentes de la salud mental, quienes reconocieron logros entre los que se cuentan la disminución en un 30% de las camas ocupadas por pacientes crónicos.
Así, la Colonia Montes de Oca pasó de las páginas policiales a las de salud. Estamos orgullosos, pero no relajados, por haber logrado dar -por primera vez en su larga historia- más de 100 altas en el año 2006. La esperanza de vida de los pacientes internados, que no superaba los 32 años, hoy es de 65 años. Pudimos devolverle la identidad a 25 pacientes alojados como NN desde hacía décadas, y seguimos abriendo Casas de Medio Camino en la propia localidad de Torres -muy cerca de la colonia-, para promover la paulatina reinserción social de los pacientes externados. Allí comparten sus días como cualquier familia del barrio, conviviendo naturalmente y con armonía social. Más de 200 casas similares ya fueron habilitadas en todo el país, profundizando la estrategia de la desmanicomialización, para así transformar los establecimientos asilares en instituciones sanitarias.
No se trata de sacar a las personas a la calle sin protección ni cobertura, sino de seguir creando otros dispositivos de atención que se conviertan en mejores alternativas para los pacientes, y de entender como sociedad que somos parte del problema pero también actores indispensables de la terapéutica comunitaria.
Estamos protagonizando muchas innovaciones y rompiendo con la idea del presidio, porque ya es demasiada cárcel que un individuo padezca cualquier tipo de enfermedad como para que se le agregue encierro inducido judicialmente o en nombre del bienestar de la familia, porque ésta dice que es necesario internar y el juez le hace caso.
La autoridad sanitaria -el equipo de salud que recibe, trata y contiene a los pacientes- debe recuperar autonomía frente a las excesivas facultades que hoy detenta el Poder Judicial, demasiado propenso a ordenar internaciones pero habitualmente reticente a autorizar altas dispuestas por los profesionales actuantes. Sobre todo cuando más del 80% de las personas internadas en manicomios están en esa condición por orden judicial. Para revertir ese escenario, abrimos una instancia de diálogo con muchos magistrados que muestran preocupación por la judicialización de los pacientes.
Además de incrementar el presupuesto destinado al área, hemos creado la Mesa de Salud Mental y Derechos Humanos, que entiende a los pacientes con padecimiento mental como sujetos de derechos, revisando conceptos y capacitando en las buenas prácticas en salud mental. A ella también integramos a las organizaciones de familiares de pacientes, pues hoy -en la mayoría de las provincias-, se atiende más en los Centros de Atención Primaria, en la propia comunidad, que en los hospitales.
En el marco del Plan Federal de Salud, y con el rol de rectoría que le cabe al ministerio nacional, consolidamos direcciones de salud mental en las 24 provincias, dotándolas técnicamente de equipamiento.
Porque las acciones oficiales en salud mental no pueden quedar restringidas a los muchos pacientes alojados en instituciones psiquiátricas, también trabajamos para otros millones de personas que -si bien no ocupan camas hospitalarias-, a diario requieren de respuestas adecuadas. Por eso, capacitamos a más de 4500 profesionales comunitarios especializados en atención primaria de la salud para atender en salud mental.
Y preocupados por el aumento de casos, pusimos en funcionamiento el Programa Nacional de Prevención del Suicidio, con un compromiso compartido por todos los ministerios provinciales de disminuir en dos años la tasa de prevalencia.
Por prejuicios, desidia, temor al mito de la locura o simplemente porque "los locos no votan", resulta evidente que, durante años, la salud mental estuvo ausente en la agenda sanitaria colectiva. Es el momento de recuperar el tiempo y el protagonismo perdido.
Por Ginés González García
Para LA NACION
Esta marginación concreta, este encarcelamiento justificado por razones de salud, configura una de las más aberrantes formas de discriminación y violación sistemática de los derechos humanos. Nadie que sufra algún trastorno hepático, diabetes o reuma -por citar enfermedades al azar-, carga con la cruz denigrante de ser un enfermo mental.
Durante largas décadas, distintas corrientes del pensamiento médico vincularon las enfermedades mentales sólo con la biología o las cuestiones físicas. Pero luego comenzaron a tomar cuerpo con mucha mayor nitidez los llamados determinantes sociales y culturales de la salud, es decir, la forma en que el contexto influye decisivamente sobre el estado de salud de las personas.
Cada tiempo y cultura tiene su enfermedad mental prevalente. Ayer fueron las neurastenias y las histerias. Hoy nos encontramos con la depresión -que ya es una epidemia-, así como son cada vez más frecuentes los ataques de pánico.
Por eso, su solución no puede encontrarse sólo en el encierro manicomial o en el aislamiento químico de los medicamentos: hay que tratar a los pacientes junto con su familia, en la comunidad y con ella, entendiendo su matriz cultural y social, que en salud mental son el tipo de sociedad en que vivimos, la violencia, la agresión, la falta de armonía, de inserción o la exclusión social. Las patologías psiquiátricas tienen también su origen en la sociedad y allí parte esencial de su terapéutica. No podemos ni debemos permitir que se aleje de ella a las personas que las sufren, que se las excluya ni que se las ignore.
La Argentina tiene actualmente más de un millón de personas con trastornos psiquiátricos como psicosis, trastornos bipolares y depresiones graves, y su destino fatal, su único camino por recorrer, no puede seguir siendo alguna de las 25 mil camas hospitalarias psiquiátricas con que cuenta el país.
Para reparar esa iniquidad manifiesta, esa segregación injusta, desde el Ministerio de Salud de la Nación dispusimos -en silencio pero sostenidamente- una política nacional e integral de salud mental que, desde un nuevo paradigma terapéutico, tiene como eje estructurador el respeto por los derechos de los pacientes, facilitando su reinserción comunitaria.
De hecho, en virtud de los importantes avances registrados en la materia en los últimos cinco años, la Argentina acaba de ser sede de una reunión internacional de referentes de la salud mental, quienes reconocieron logros entre los que se cuentan la disminución en un 30% de las camas ocupadas por pacientes crónicos.
Así, la Colonia Montes de Oca pasó de las páginas policiales a las de salud. Estamos orgullosos, pero no relajados, por haber logrado dar -por primera vez en su larga historia- más de 100 altas en el año 2006. La esperanza de vida de los pacientes internados, que no superaba los 32 años, hoy es de 65 años. Pudimos devolverle la identidad a 25 pacientes alojados como NN desde hacía décadas, y seguimos abriendo Casas de Medio Camino en la propia localidad de Torres -muy cerca de la colonia-, para promover la paulatina reinserción social de los pacientes externados. Allí comparten sus días como cualquier familia del barrio, conviviendo naturalmente y con armonía social. Más de 200 casas similares ya fueron habilitadas en todo el país, profundizando la estrategia de la desmanicomialización, para así transformar los establecimientos asilares en instituciones sanitarias.
No se trata de sacar a las personas a la calle sin protección ni cobertura, sino de seguir creando otros dispositivos de atención que se conviertan en mejores alternativas para los pacientes, y de entender como sociedad que somos parte del problema pero también actores indispensables de la terapéutica comunitaria.
Estamos protagonizando muchas innovaciones y rompiendo con la idea del presidio, porque ya es demasiada cárcel que un individuo padezca cualquier tipo de enfermedad como para que se le agregue encierro inducido judicialmente o en nombre del bienestar de la familia, porque ésta dice que es necesario internar y el juez le hace caso.
La autoridad sanitaria -el equipo de salud que recibe, trata y contiene a los pacientes- debe recuperar autonomía frente a las excesivas facultades que hoy detenta el Poder Judicial, demasiado propenso a ordenar internaciones pero habitualmente reticente a autorizar altas dispuestas por los profesionales actuantes. Sobre todo cuando más del 80% de las personas internadas en manicomios están en esa condición por orden judicial. Para revertir ese escenario, abrimos una instancia de diálogo con muchos magistrados que muestran preocupación por la judicialización de los pacientes.
Además de incrementar el presupuesto destinado al área, hemos creado la Mesa de Salud Mental y Derechos Humanos, que entiende a los pacientes con padecimiento mental como sujetos de derechos, revisando conceptos y capacitando en las buenas prácticas en salud mental. A ella también integramos a las organizaciones de familiares de pacientes, pues hoy -en la mayoría de las provincias-, se atiende más en los Centros de Atención Primaria, en la propia comunidad, que en los hospitales.
En el marco del Plan Federal de Salud, y con el rol de rectoría que le cabe al ministerio nacional, consolidamos direcciones de salud mental en las 24 provincias, dotándolas técnicamente de equipamiento.
Porque las acciones oficiales en salud mental no pueden quedar restringidas a los muchos pacientes alojados en instituciones psiquiátricas, también trabajamos para otros millones de personas que -si bien no ocupan camas hospitalarias-, a diario requieren de respuestas adecuadas. Por eso, capacitamos a más de 4500 profesionales comunitarios especializados en atención primaria de la salud para atender en salud mental.
Y preocupados por el aumento de casos, pusimos en funcionamiento el Programa Nacional de Prevención del Suicidio, con un compromiso compartido por todos los ministerios provinciales de disminuir en dos años la tasa de prevalencia.
Por prejuicios, desidia, temor al mito de la locura o simplemente porque "los locos no votan", resulta evidente que, durante años, la salud mental estuvo ausente en la agenda sanitaria colectiva. Es el momento de recuperar el tiempo y el protagonismo perdido.
Por Ginés González García
Para LA NACION
Suscribirse a:
Entradas (Atom)